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Instructivo y formato del Poder Notarial para transferencias de armas. 

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por Esteban García Mahias, @egarciamahias

Homos Sapiens, es decir, los humanos como especie, llevamos tal vez unos 200 mil años armados sobre el planeta. Si bien nuestros remotos antepasados no poseyeron pistolas Beretta o fusiles automáticos, los arqueólogos piensan que justamente las innovaciones que introdujeron en el mundo de sus armas definieron el futuro de la especie como dominadora de la Tierra. 

Hoy, sin embargo, el Homo Sapiens se enfrenta a un escenario caracterizado por el Control de Armas y otras desigualdades de origen ideológico.

 

Usted no posee ninguna de sus armas de fuego queridas y en cambio se encuentra vestido con piel de lobo en la entrada una caverna de África golpeando con una roca su querida hacha de mano para darle filo. Hace frío pero, por suerte para usted, alguien ya descubrió cómo hacer fuego. Así que una fogata tempera la cueva y el resto de su familia se siente segura un poco más adentro.

Es el año 200 mil antes de Cristo y pronto habrá que salir en grupo a recolectar semillas y buscar patos, que están de temporada. A veces saltan chispas mientras perfecciona la empuñadura de su adorada hacha de mano. Los destellos que surgen de la piedra le parecen mágicos y lo hacen sonreír. 

De repente, un mal golpe en el lugar incorrecto fractura la roca de su hacha y se hace una hendidura en un lado. La sonrisa se va y lo inunda la angustia. ¡Mi adorada hacha! se lamenta usted pensando en las horas que ha pasado elaborándola. Poco a poco, se calma y la hendidura no le parece ya tan terrible. Así que va por un hueso y con él comienza a intentar profundizarla, a ver si es capaz de perforar la roca de lado a lado hasta convertir la hendidura en un agujero. Se le ha ocurrido que si le hace un hoyo al hacha, a lo mejor puede ocupar una tira de cuero para llevarla colgada y así mantener ambas manos desocupadas.

Con ambas manos desocupadas, la caza y recolección mejorarían. Usted se entusiasma. Persevera y consigue por fin perforar la piedra sin romperla. La felicidad vuelve a apoderarse de usted. Sin embargo, la idea de colgarse el hacha al cinto ya no es la única que se ha surgido en su mente y tras agrandar un poco el agujero, consigue meter el hueso y construir su primera hacha con mango. 

Su querida herramienta, el hacha de mano, similar a la que todos sus antepasados por miles de años han fabricado, y que le parece tan natural poseer como para un pájaro es natural construir un nido, es ahora una nueva y superior versión del utensilio que le sirve para todo. Con el mango se hace más fácil romper huesos y triturar cuescos y carne, y el tenerlo no impide mantener todas las magníficas capacidades que su hacha ha tenido siempre. Su hacha es mejor y es ahora una súper hacha. 

Otro pensamiento cruza su mente. Es arriesgado y estrafalario pero no se contiene y tomando el hacha por el hueso la lanza con fuerza contra el tronco que bloquea la entrada de la cueva. Para su sorpresa, ésta se clava en la madera y esa visión lo paraliza. Nuevos intentos lo convencen de que es posible arrojar su hacha con prodigiosa precisión. 

¡Soy el “puto” amo! piensa usted justo antes de comenzar a desarrollar una nueva versión de su hacha, más grande, más bella y más letal.

 

Control de hachas

Los arqueólogos modernos han llegado al acuerdo de que la innovación en el hacha de mano catapultó hacia delante a nuestra especie en la carrera evolutiva y su efecto sobre el cerebro humano y sus conexiones neuronales representa una de las explicaciones centrales de por qué nuestra especie pasó de unos pocos millones de individuos, hace miles de años, a dominar sin contrapeso el planeta en la actualidad. 

Otras especies de humanos, como el Neanderthal, construyeron también herramientas, pero se cree que su especialización en el diseño, fabricación, uso y aplicación de éstas resultó notablemente inferior a la del Homo Sapiens. Fue el inicio de una historia sin pausa de expansión del conocimiento humano que, entre otras innovaciones, le permite a usted, hoy, poseer Berettas, rifles y otras armas de fuego.

Los neandertales ya no existen, usted ya no vive en cavernas y probablemente no tenga idea de cómo fabricar un hacha como la que otorgó poder y ventajas a nuestro lejano pariente. Sin embargo, eso no le preocupa porque confía que se seguirán fabricando hachas y munición, que tarde o temprano su esposa accederá a la compra de ese nuevo rifle que vio en su armería local y que mientras usted consiga agrupar sus tiros en el las cercanías del 10, su familia y todo lo demás estará bien.

Pero, de todos modos, siente miedo. Ya no son neandertales los que le disputan los patos de temporada. Son personas iguales a usted pero que se sienten diferentes. Tal vez usted no pertenece a su etnia ni a su religión, o tal vez sienten que la vida ha sido injusta con ellos y merecen hacerse de aquello que estiman les ha sido arrebatado. Gente que está dispuesta a apuntarle con armas y dedos a usted y los suyos en cualquier lugar con tal de compensar la sensación de desigualdad que experimentan. 

Este escenario no es nuevo. La delincuencia y violencia ideológica son tan antiguas como las hachas de mano y, para protegerse de ellas, el Homo Sapiens ha acordado en comunidad respetar códigos conceptuales como la Ley y el Estado de Derecho. Algunos, incluso han promovido el control de armas con la intención respetable de reducir su número y, al mismo tiempo, su mal uso. Pero este control de hachas parece estar a punto de pasar a la historia cuando nos enfrentamos a un nuevo -aunque en realidad muy antiguo- escenario.

 

La desigual discrecionalidad

Una de las ventajas que usted tiene sobre nuestros remotos antepasados consiste en el hecho de que usted ya es el “puto” amo del mundo. Es cierto que comparte el planeta con otros siete mil millones, pero eso no le molesta. Puede mirar videos en You Tube y darse cuenta de que, en muchos lugares de mundo, modernos neandertales que lo ven a usted como distinto, han dejado de apuntar para disparar primero. Podría ser sintomático que, acostumbrados a no recibir con frecuencia disparos de vuelta por parte de la autoridad, han decidido reducir riesgos y abrir fuego para definir de prisa las condiciones de sus emboscadas. Los civiles desarmados suelen entregar sus patos ante la amenaza de un cañón, pero somos testigos de cada vez más frecuentes lesionados producto de mínimas resistencias ante asaltos y portonazos. Disparar primero y despojar después nos transporta al prehistórico escenario del ataque cavernario, gracias a cuyos vestigios los arqueólogos han aprendido tanto sobre la historia de la violencia humana y su naturaleza.

Pero a diferencia del antiguo Homo Sapiens, para prevenir su mal uso, a usted la Ley le impide hoy por hoy transportar consigo su hacha de mano. El Control de Armas, tal como el que rige en Chile y otros países, considera positivo reducir el número de armas circulando, sin considerar que podría existir un equilibrio disuasorio -similar al que se da entre los países- entre las armas sujetas a control en manos de Homo Sapiens y el arsenal oscuro de los que se creen los “putos” amos neandertales. 

Pero ese control falla cuando las razones para usar armas se ven ponderadas de acuerdo a criterios muy presentes actualmente  en la opinión pública. Violencia armada étnica o nacionalista, violencia armada delincuencial, violencia armada por razones religiosas o políticas, todas aparecen de facto siendo relativizadas por el control de armas -y por los encargados de aplicarlo- cuando autoridades o líderes de opinión admiten que puedan existir razones que legitimen el mal uso de las armas de fuego contra la propiedad y las personas.  Un trato desigual como éste, que en la práctica permite a unos poseer hachas de mano en la calle y a otros los obliga a mantenerlas en sus cuevas, representa el germen de la impunidad. 

Este tétrico escenario, que ficciones normativas como la Ley y el Estado no alcanzan a intervenir antes de los primeros disparos, es el que como sociedad estamos empezando a enfrentar.  Hachas de mano con mango, gran capacidad de cargador, miras láser o munición expansiva nada pueden contra esa impunidad que, asistida por la discrecionalidad ideológica imperante, obliga a decidir cada día si saldremos de la cueva como neandertales o como Homos Sapiens.

 

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