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por Esteban García Mahias, @egarciamahias

Ya existen artefactos producidos en forma casera  100% no metálicos capaces de detonar munición convencional de manera segura. El Liberator, por ejemplo, es un arma que dispara un cartucho de 9 milímetros corto por una vez. Armas tales, indetectables para aeropuertos y otros dispositivos de seguridad, ponen en tela de juicio la filosofía que ha imperado por siglos en materia de control de armas y es dable pensar que, en pocos años, la tecnología que las hace posible se abarate, se masifique y las prestaciones de las armas “de plástico” se amplíen dramáticamente. 

En Chile ya se aprecia un desequilibrio entre el mundo de los tenedores  legales y las oscuras  armas del hampa.

 

¿Qué es un arma de fuego? Las armas de fuego son máquinas que proyectan proyectiles a gran velocidad propulsados por los gases que produce la deflagración de la pólvora u otros propelentes. Hasta hace poco, la idea de un arma totalmente plástica o, mejor dicho, no metálica, capaz de pasar inadvertida por los detectores de metales de aeropuertos u otros recintos custodiados parecía ciencia ficción. Y lo era. 

La conocida pistola Glock, una de las primeras en usar polímeros en su armazón abofeteó los conceptos clásicos de los conocedores de armas respecto de la duración y resistencia de materiales por entonces ajenos a las altísimas presiones que se desarrollan en la recámara de un cañón. Hoy, en cambio, el polímero en armazones y accesorios representa casi el estándar y el acero es visto como un lujo. Sin embargo, la corredera, mecanismos y, especialmente, los cañones se siguen construyendo de metal. 

Casi todas las partes de un arma, empero, pueden ser producidas a partir de otros materiales y ha sido el cañón, el alma de toda arma, la pieza que nadie soñó en los años 80, cuando introdujeron la Glock, que pudiese ser fabricado con algo distinto del metal resistente. Eso ya cambió y ese cambio promete volverse aún más vertiginoso.

Ya existen armas construidas en su totalidad de materiales no metálicos. Y no sólo eso, además, se trata de diseños desarrollados por particulares en sus propias casas y no por marcas reconocidas.

La historia de la Liberator 3D – bautizada así en relación a un modelo de un tiro fabricado durante la  Segunda Guerra Mundial para dotar de un arma de último recurso a civiles en territorios ocupados por los alemanes – puede revisarse en detalle en internet. Solamente decir que los planos para imprimir el arma fueron descargados más de 100 mil veces antes de que el gobierno de Estados Unidos ordenara su baja de los servidores. 

La realidad indica que cualquiera que posea alguno de los cientos de modelos de impresora 3D disponibles en el mercado podría imprimir ya la suya, incluyendo al Estado Islámico, Al Qaeda, grupos nacionalistas violentos o cualquier otro particular. 

El desarrollo de armas impresas ha sido veloz y su calidad y prestaciones han mejorado geométricamente. Si se piensa en 10 años plazo, es muy posible que a 2027 existan modelos tan versátiles como los actuales de metal totalmente hechos en casa. 

Esta realidad representa un desafío gigante para legisladores, policías y, por qué no decirlo, para la sociedad mundial. Significa que las armas de fuego, hasta hace poco, resultado de un elaborado proceso de fabricación intensivo en costosa tecnología, podrían materializarse en cualquier hogar a bajísimo costo y ajenas al control de los Estados.

Agenda propia

Cuando se detonaron las primeras bombas atómicas en los años 40 del siglo pasado surgieron muchas voces alertando acerca de los peligros de la energía nuclear. Pese a que coexistimos en razonable seguridad con cerca de 500 centrales nucleares a través del planeta, la percepción del riesgo inherente es aún elevada entre las personas. La misma tecnología, conceptualmente hablando,  que devastó Hiroshima o que contaminó Chernobyl se usa hoy por hoy para producir energía limpia a bajo costo sin que ningún detractor haya podido realmente impedirlo. Se dice que la tecnología tiene su propia agenda, es decir, que basta que algo sea posible de ser llevado a cabo para que podamos esperar verlo convertido en una realidad. Sucede igual con muchas otras aplicaciones del conocimiento científico y nos enfrentará como especie a complejos dilemas en el futuro. El útero artificial, la inteligencia de las máquinas, la clonación, son apenas algunos de los avances que intranquilizarán a muchos y con los cuales nos veremos obligados a lidiar en pocas décadas. 

Sin embargo, el dilema de las armas impresas en casa es actual y urgente, y no parece posible abordarlo valiéndose de los mismos enfoques conceptuales que han regido por décadas el mundo de las armas de fuego. 

En nuestro país, sin ir más lejos, el control de armas se ha intensificado en lo que va de este siglo de manera importante. Gracias a ello, unas 700 mil armas en manos de unos 400 mil civiles poseen más y mejores registros, suponen mayores exigencias - y costos –  para sus dueños  y año a año conocen de nuevas y originales modificaciones legales que cumplir para permanecer en su poder. 

Pese a ello, la cifra incalculable de armas ilegales – no inscritas o normalizadas – que existen en nuestro país parece incrementarse rápidamente, a juzgar por los cada vez más frecuentes episodios informados en los medios de comunicación. Parece, porque no se conoce ni puede conocerse a ciencia cierta cuántas son ni dónde están. Existen estimaciones tan abultadas como 2 millones de armas ilegales, presumiblemente en manos de delincuentes. 

Las armas en mundo de hampa responden a lógicas muy distintas a las armas legales. Ningún aficionado honesto a las armas estará muy dispuesto a vender las suyas a cambio de droga, por ejemplo, u ofrecerá al dueño de su armería local varias veces su valor comercial para hacerse de un arma al margen de la Ley. Armas, dinero sucio y drogas resultan “bienes” complementarios en el mundo del delito, lejos de las exigencias, aranceles e impuestos que los tenedores legales se ven obligados a desembolsar y cumplir para mantener las suyas en sus hogares, principalmente. 

Sumado a ello está el hecho de que, poseyendo munición metálica, no es muy difícil fabricar algún dispositivo para detonarla. Es apreciable cuando se decomisan por las policías los arsenales del hampa y aparecen toda clase de armas hechizas. Su número, sin embargo, es relativamente marginal y lo real es que los delincuentes poseen muchas veces armas modernas tan efectivas o mejores que las propias policías. 

Es en este escenario que irrumpen las impresoras 3D y su capacidad para producir unidades de cualquier objeto que pueda ser diseñado, incluyendo armas de fuego. Incluso el futuro nos depara munición  - léase balas y cartuchos  - fabricados también de esta manera. 

¿Propondrán los legisladores barreras para la compra de impresoras, controles a su posesión, sanciones a quien las use para el “mal” y otras medidas en la dirección de la prohibición? Seguramente algunos sí, y es probable que tengan tanto efecto sobre el mercado ilícito de armas como tienen sus similares relativas a la droga. La prohibición, paradojalmente, parece en muchos casos fomentar buenos negocios a quienes se atreven a correr grandes riesgos, como las largas condenas que los narco traficantes arriesgan o los asaltantes que arriesgan recibir tal vez un tiro de vez en cuando.

Resultado de las pesquisas policiales, y de la política de entrega anónima de armas, cada año se funden por parte del Estado miles de armas – en 10 años unas 40 mil de fuego, de aire, incluso de fantasía – que han sido retiradas de circulación por las policías o entregadas en comisarías e iglesias sin mediar preguntas. Esta política ha sido duramente criticada por quienes plantean que resulta inaceptable que el Estado destruya posible evidencia de posibles crímenes sin investigar.  

Buscar donde hay más luz

En Chile, especialmente durante la última década,  los controles se han sofisticado e incrementado cuando se trata de tenedores legales. Es factible controlar a personas que poseen armas en domicilios conocidos – de donde no pueden salir si no es para usarlas en polígonos a cambio de una guía de tránsito con su correspondiente arancel – y condicionar su tenencia a toda clase de exigencias que tienen sentido en el papel, como exámenes psiquiátricos y de conocimiento. Sin embargo, en el caso de las armas ilegales, el control parece haber fracasado y su efecto sobre los precios de  armas y municiones ha contribuido a crear un atractivo negocio de tráfico que echa mano a creativas maneras de obtener armas para delinquir. 

No existe luz suficiente en el mundo del delito y el crimen y en él no operan en la práctica casi ninguna de las numerosas reformas a la Ley que no sea un mero endurecimiento de penas. 

¿Qué harán las personas honestas cuando los delincuentes puedan fabricar sus propias armas rápida, barata y clandestinamente? ¿Podrá la sociedad enfrentarlos como hace hoy con soluciones administrativas y legales buscando regular un ámbito que, justamente, se halla fuera de la Ley?

No estamos lejos de ello. Estamos, en cambio, muy lejos de poseer una cultura saludable en materia de armas de fuego, ésa que indica que ante una agresión armada no quedan demasiadas alternativas excepto una respuesta armada. 

En nuestro país, policías y militares en retiro y activos poseen permiso de porte de armas. Sin juzgar idoneidad o habilidades, es posible decir que no se encuentran sometidos a ningún requisito excepto pertenecer o haber pertenecido a alguna rama de las fuerzas armadas o de orden. A ellos se suman guardias de bancos o camiones de dinero que por la naturaleza de su labor portan armas.

Civiles, en cambio, autorizados a portar un arma para defenderse  en Chile son muchos menos. Adivine cuántos. 

En Chile sólo 15 varones – ninguna mujer – se encuentran autorizados para portar un arma para su defensa personal. 15 en un país de más de 17 millones. Uno de ellos tiene entre 30 y 39 años, tres entre 40 y 49, cinco entre 50 y 59 y seis tienen 60 o más años de edad. Se distribuyen en las regiones V, VIII, IX, XIV y Metropolitana. 

Para hacerse acreedores de tales permisos, contemplados en la Ley, estas personas han debido acreditar circunstancias especiales que fueron validadas a la postre por la Autoridad Fiscalizadora. ¿Qué circunstancias son? No lo sabemos. Es confidencial lo mismo que las identidades de los 15. 

Cualquier poseedor de un arma legal, que por fuerza ha sido habilitado por la Autoridad Fiscalizadora para serlo, tiene el derecho en Chile de solicitar un permiso para porte defensivo. Deberá pagar un arancel, por supuesto, y convencer a la Autoridad de que sus circunstancias ameritan que transporte en su persona una pistola o un revólver. 

Respecto del lado oscuro y sin luz legal del mundo de las armas de fuego, los noticieros informan con frecuencia de la existencia de personas que portan sin autorización. Algunos lo hacen para defenderse pese a arriesgar que sus actos no configuren legítima defensa. Una reciente modificación a la Ley impone penas de cárcel efectiva a todo aquél que sea sorprendido portando armas o municiones sin permiso, independientemente de las razones u objetivos del porte, lo que a juicio de algunos juristas constituye cuando menos un atentado a la proporcionalidad de la Ley. 

Otros, incalculables otros, las portan para el mal. Y a menos que, como sociedad, observemos sin miopía los fenómenos que nos depara el futuro cercano, pronto podrían también imprimirlas en tres dimensiones para sus oscuros fines.

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